Fracciones: la primera vez que las reglas dejan de funcionar

En breve: En los primeros años de básica, los alumnos aprenden cómo se comportan los números. Cuando llegan las fracciones, varias de esas reglas dejan de funcionar. Ese cambio casi nunca se les dice. Por eso cometen errores sin darse cuenta: aplican una regla que conocen bien en un contexto donde ya no sirve.

Equivocarse suele venir con una sensación: algo no calza.

Las fracciones son el primer tema del colegio que no la produce. Para muchos estudiantes, el error se siente igual que el acierto.

Antes de las fracciones, todas las reglas funcionan

Desde que aprende a contar, un niño va adquiriendo, a través de la experiencia, reglas sobre cómo se comportan los números.

  • A cada número le sigue otro.
  • Los números se pueden contar en orden.
  • Un número se escribe con un solo símbolo.
  • Multiplicar agranda.
  • Dividir achica.

Estas reglas funcionan sin una sola excepción durante toda la básica. Por eso confía en ellas.

Con las fracciones, varias se caen

Lo que siempre fue verdadLo que pasa con las fracciones
A cada número le sigue otro¿Qué número sigue a 1/2? Ninguno
Entre el 1 y el 5 hay solo tres númerosEntre 1/2 y 1/3 hay infinitos
Un número se escribe con un símbolo3/5 son dos números y una barra
Multiplicar agrandaMultiplicar por 1/2 achica: 6 × 1/2 = 3
Dividir achicaDividir por 1/2 agranda: 6 ÷ 1/2 = 12

Robert Siegler, psicólogo de Carnegie Mellon que dedicó su carrera a estudiar cómo aprendemos los números, lo dice así:

«Las fracciones son la primera gran ocasión que tienen los niños de descubrir que varias cosas que siempre fueron ciertas para los números enteros no valen para todos los números.»

— Siegler, Thompson y Schneider, 2011

Aprender fracciones no es solo añadir materia nueva. También hay que ajustar lo que ya se sabe. Y esa segunda parte casi siempre se enseña a medias. Nadie dice en clase: «las reglas que venían usando ya no valen acá».

Por eso el error llega sin aviso

El alumno que dice que multiplicar agranda no está distraído ni tiene poco interés. Está aplicando bien una regla que fue cierta hasta que llegaron las fracciones.

Su seguridad viene de su experiencia previa. Nadie le avisó que cambiaron las reglas, así que no tiene ningún motivo para dudar.

Y esto no se arregla solo con los años. Siegler encontró que incluso alumnos de 8° básico y adultos creen que las cuatro operaciones con fracciones funcionan igual que con los números enteros.

Una de esas reglas ni siquiera la inventa el alumno: se la enseñan

Los textos escolares explican la multiplicación como una suma repetida: 3 × 2 es 2 + 2 + 2. Sirve, porque se apoya en algo que el alumno ya domina.

Pero de ahí el alumno saca una conclusión: si sumar siempre agranda, multiplicar también. Con las fracciones eso no es así.

Pasa lo mismo con la división. En el colegio se explica como repartir: doce galletas entre cuatro amigos. Se entiende sin esfuerzo. ¿Y repartir 3/4 de galleta entre 3/8 de amigo? No tiene sentido.

Lo que falta es avisar que el contexto cambió

No basta con hacer más ejercicios iguales. Repetir el procedimiento sobre una regla equivocada solo la refuerza.

Hay que mostrar que una fracción es un número con un tamaño, y que tiene su propio lugar en la recta numérica, la línea donde se ordenan todos los números. Y hay que ir mostrando, paso a paso, los puntos donde lo aprendido antes deja de servir.

Eso es lo que hago en mis clases particulares de matemática: uno a uno y online. Si crees que a tu hijo/a puede servirle, ahí explico cómo funciona.

Hoy puedes hacer una prueba de un minuto. Pregúntale si 1/2 × 1/3 da un resultado mayor o menor que 1/2, y por qué. La respuesta es 1/6, más pequeño que las dos fracciones. Si dice que mayor, o si no sabe por dónde partir, la experiencia previa está interfiriendo.


Basado en Siegler, R. S., Thompson, C. A., & Schneider, M. (2011), An Integrated Theory of Whole Number and Fractions Development, Cognitive Psychology, 62, 273–296, y Siegler, R. S., & Braithwaite, D. W. (2017), Numerical Development, Annual Review of Psychology, 68, 187–213.

La cita está en traducción libre.

Éxito académico: empieza por creer que puede

Dos estudiantes saben lo mismo. Uno resuelve los ejercicios difíciles; el otro los evita. La diferencia no se explica por los conocimientos y habilidades que tienen, sino por la confianza que poseen en sus propias capacidades.

Esa confianza en las capacidades propias se llama autoeficacia y es la fuente de motivación más importante en el ámbito académico.

«Creer en uno mismo no garantiza el éxito, pero lo contrario garantiza el fracaso.»

Albert Bandura, 1997

No es lo mismo poder que creer que puedes

La confianza en uno mismo no reemplaza al conocimiento. Si un estudiante no ha estudiado para una prueba, no obtendrá una buena nota por más que confíe en sus capacidades.

Sin embargo, si su autoeficacia es alta, se esforzará y preparará la prueba porque siente que le irá bien. Esa convicción impulsa el esfuerzo y la determinación frente a los desafíos escolares.

De dónde sale esa confianza

Se construye desde cuatro fuentes, y no pesan igual:

  • Logros propios. La más fuerte. La autoeficacia aumenta cuando un estudiante experimenta el éxito y empieza a creer en sí mismo.
  • Ver que personas parecidas a él lo logran. Un amigo o compañero al que le empieza a ir bien le recuerda que él también puede.
  • Un familiar o un profesor que le diga que puede. Sirve poco si después le va mal. Un «tú puedes» vacío no aguanta un fracaso.
  • Las emociones. Los nervios antes de una prueba se interpretan como señal de que se va a fallar.

Por eso repetirle «yo sé que tú puedes» no basta: la confianza se construye resolviendo, no escuchando.

Por qué baja la autoeficacia en matemática

La matemática es una asignatura muy jerárquica. Es como construir una pirámide: cada bloque se apoya en los anteriores. Cuando los cimientos son débiles, no hay base sólida sobre la que avanzar.

Un ejemplo lo deja claro. Dominar las fracciones y la división entre los 10 y 12 años es lo que mejor predice el desempeño en matemática en secundaria, por encima incluso del cociente intelectual o el ingreso familiar.

Cuando un estudiante de primaria no llega a dominarlas, eso se vuelve un obstáculo para entender y operar en álgebra, y arrastra su desempeño hacia abajo. Y cuando el ciclo se repite año tras año, la autoeficacia se erosiona: el estudiante deja de esforzarse porque siente que su esfuerzo no cambia el resultado.

Cómo se recupera

La autoeficacia sube cuando el estudiante empieza a experimentar el éxito. Logra lo que antes le parecía imposible, ve que sus notas mejoran y empieza a creer que puede.

En matemática eso pide dos cosas. Primero, atender la raíz del problema: cerrar los vacíos de base, no tapar el síntoma. Segundo, calibrar la dificultad justa y mostrarle cómo se hace: yo te muestro cómo se resuelve, lo resolvemos juntos, ahora lo haces tú solo.

Recuperar la confianza en matemática

Esto es lo que hago en mis clases particulares de matemática: uno a uno y online. Si crees que a tu hijo/a puede servirle, ahí explico cómo funciona.


Basado en Schunk, D. H., & DiBenedetto, M. K. (2016), Self-Efficacy Theory in Education, en Handbook of Motivation at School (2ª ed., pp. 34–54). Routledge.

El dato sobre fracciones y división proviene de Siegler, R. S., et al. (2012), Early Predictors of High School Mathematics Achievement, Psychological Science, 23(7), 691–697.

Ansiedad matemática: el problema no es la habilidad, es la confianza

Tu hijo/a dice que «los números no son lo suyo». Evita la materia, se bloquea en las pruebas y las notas bajan.

Casi siempre, el problema no es falta de capacidad. Es ansiedad matemática: miedo a la asignatura, no falta de talento. Y se puede tratar.

La ansiedad matemática es una reacción emocional negativa que bloquea el aprendizaje. La sufren muchos estudiantes.

La ansiedad empieza antes del primer ejercicio

Para tu hijo/a, anticipar un problema de matemática duele como una amenaza física.

Ian Lyons y Sian Beilock, de la Universidad de Chicago, lo comprobaron con resonancia magnética. En personas con alta ansiedad matemática, solo pensar que viene un ejercicio activa las zonas del cerebro ligadas al dolor.

«No es que las matemáticas duelan; es la anticipación de las matemáticas lo que resulta doloroso.»

— Lyons & Beilock, 2012

El bloqueo no es flojera ni exageración. Es una reacción real. Por eso se evita.

No es falta de talento: es falta de confianza

El mejor predictor de la ansiedad matemática no es la habilidad. Es la confianza del estudiante en su propia capacidad.

Incluso estudiantes con buenas notas la desarrollan. No es que no sepan: la ansiedad les bloquea el acceso a lo que ya aprendieron.

Una pista lo confirma. La ansiedad es más común en las niñas, aunque el género no tiene relación con el rendimiento. Si la causa fuera la habilidad, esa diferencia no existiría. Lo que pesa es la creencia, no la capacidad.

El círculo que se alimenta solo

La ansiedad matemática gira en un círculo:

  • Se evitan los problemas difíciles, que son los que más se necesitan practicar.
  • Se llega peor preparado a la prueba y se obtiene un mal resultado.
  • La próxima vez cuesta más, no menos.

Con el tiempo, esto cierra puertas. En Chile pega directo en la PAES: un puntaje bajo en matemática deja fuera carreras y universidades. No por falta de capacidad, sino por una ansiedad que nunca se trató.

La salida no es más presión

Repetirle que «la matemática es fácil» no sirve. Cargarlo con más pruebas y más guías, tampoco: eso empeora las cosas.

La ansiedad matemática se trata arreglando la matemática. La mejor prevención es una base sólida.

Lo que NO ayudaLo que SÍ ayuda
Decir «es fácil» o «tú puedes»Cerrar los vacíos de base, uno a uno
Más pruebas y más guíasPracticar ordenado y constante
Dejar que evite lo que le cuestaEnfrentar los temas difíciles de a poco

La confianza vuelve con cada problema resuelto. Y cuando vuelve la confianza, la ansiedad cede.

Fortalecer la base para recuperar la confianza

Esto es lo que hago en mis clases particulares de matemática: uno a uno y online. Si crees que a tu hijo/a puede servirle, ahí explico cómo funciona.


Basado en Lyons, I. M., & Beilock, S. L. (2012), When Math Hurts: Math Anxiety Predicts Pain Network Activation in Anticipation of Doing Math*, PLoS ONE, 7(10), e48076. Síntesis de evidencia adicional en* How to Solve for Math Anxiety (APA Monitor on Psychology, 2023).

Las dificultades en matemática casi siempre vienen de más atrás

En breve: Cuando un estudiante no entiende lo que ve en clase, muchas veces la causa viene de años atrás. Lo nuevo se aprende conectándolo con lo que ya se sabe. Si esa base no está, no hay dónde apoyarlo. Por eso, insistir solo con lo que están pasando en clase muchas veces no alcanza: hay que ir a la raíz del problema y avanzar en orden.

Tu hijo tiene dificultades en matemática. Buscas apoyo para lo que está viendo en clase. Es razonable. Pero en muchos casos que veo, el origen está más atrás.

Su profesor da por sabido lo de cursos anteriores

El colegio avanza. No espera al que quedó atrás.

Te doy un caso real. Una estudiante de 3º medio ve la función exponencial. Le cuesta seguir la clase. Cuando trabajo con ella, me doy cuenta que no se sabe las tablas de multiplicar.

La materia nueva da por sabido lo que se enseñó años antes. Si esa base no quedó firme, lo nuevo se apoya en un vacío.

Aprendemos conectando lo nuevo con lo que ya sabemos

Aprender algo nuevo es como sumar una pieza a un rompecabezas. Sola, una pieza no dice nada. Recién cobra sentido cuando calza con las que ya están armadas a su alrededor.

Sin esas piezas previas, la nueva queda suelta sobre la mesa.

Tu hijo puede repasar la función exponencial muchas veces. Pero si no domina las tablas, o no recuerda las propiedades de las potencias, lo nuevo no encuentra dónde apoyarse.

La investigadora Efrat Furst lo resume así:

«El conocimiento previo no solo ayuda a aprender. Es el material con el que se aprende.»

— Efrat Furst

Enfocarse en lo que se está pasando en clase, sin tocar la base, muchas veces es trabajar sobre la pieza equivocada.

Hay dos tipos de vacíos

No todos se resuelven igual.

Vacío simple. No sabe algo, o lo aprendió hace poco y no terminó de fijarse. Se enseña, se practica y queda.

Error de raíz. Entendió algo básico al revés hace años y lo arrastra desde entonces. No entiende la diferencia entre el numerador y el denominador de una fracción. Calcula porcentajes con la regla de tres de forma mecánica, sin saber por qué. Aquí una explicación no basta: hay que dar un paso atrás para poder dar dos hacia adelante. Cuesta más tiempo, pero es el único camino.

Esto ocurre en las cuatro áreas de la matemática escolar: números, álgebra/funciones, geometría, y estadística/probabilidad. Y se encadena: una laguna de básica se arrastra hasta 4º medio y es una interferencia constante en el aprendizaje.

Por dónde empezar

Si las dificultades con la asignatura se repiten año tras año, tu hijo necesita a alguien que ubique los vacíos de base y empiece a trabajar desde ese punto.

Eso hago en mis clases de matemática cuando mi estudiante lo necesita. Identifico la raíz del problema y trabajamos desde ahí.

Escríbeme por WhatsApp y conversamos sobre su caso: +56 9 9145 7904.

Esta tarde puedes hacer una prueba simple. Pídele que te explique por qué, al dividir fracciones, se da vuelta la segunda y se multiplica. Si sabe el procedimiento pero no el porqué, ahí tienes una muestra de lo que pasa.


Basado en el trabajo de Efrat Furst sobre memoria de trabajo y conocimiento previo: sites.google.com/view/efratfurst y su Substack Making Sense of Learning Science.

Si tu hijo puede explicártelo, lo aprendió

En breve: Tu hijo no aprende cuando entiende al profesor, sino cuando puede explicar la materia sin mirar, con sus palabras y justificando por qué. Para comprobarlo no necesitas saber el tema que está estudiando: solo pídele que te lo explique. Si no logra hacerlo, que haga un dibujo primero. Lo que no se puede imaginar, no se puede explicar.

Tu hijo te dice que ya estudió, que lo tiene listo. Llega la nota y es más baja de lo que esperaban. No estudió poco. El problema es cómo supo que estaba listo: «ya me lo sé» es una sensación, y engaña.

Entender al profesor no es saber

Entender una explicación en clase se siente como aprender. No lo es. Saber es poder hacerlo solo, sin nadie al lado, días después, en la prueba.

El cerebro aprende de verdad cuando explica. Lo confirma Logan Fiorella, investigador de la Universidad de Georgia, tras revisar décadas de evidencia (2023).

«Explicar obliga al estudiante a sacar conclusiones que van más allá del material que recibió, y eso es fundamental para darle sentido a lo que aprende.»

— Fiorella, 2023

Explicar no es repetir:

RepetirExplicar
Dice las palabras del cuadernoLo dice con sus palabras
Recita de memoriaDa el porqué y el cómo
Reconoce al verloLo arma sin mirar

La prueba: que te lo explique a ti

Pídele que te explique la materia. Bien hecho, son tres pasos:

  1. Cierren el cuaderno. Sin mirar es lo que vuelve real la prueba.
  2. Que te lo explique como si no supieras nada. Tú no necesitas saber el tema.
  3. Pregúntale «por qué». Si da el motivo y conecta las ideas, va bien. Si solo recita o se queda en blanco, ahí le falta.

Que se trabe no es mala noticia: te dice exactamente qué estudiar. Mejor descubrirlo el martes en casa que el viernes en la prueba.

No necesitas saber la materia

Que no sepas es tu ventaja. Si supieras, tu hijo podría saltarse partes. Como no es así, tiene que explicártelo todo, completo. Eso es justo lo que necesita hacer.

Tu rol no es enseñarle. Es ser quien escucha y pregunta por qué, con calma, no como un interrogatorio.

Si no puede explicarlo, que lo dibuje

Lo que no se puede imaginar, no se puede explicar. Cuando la materia es nueva y difícil, cuesta verla mentalmente. La salida no es releer: es plasmarla en una hoja.

Que la dibuje. Que haga un esquema. Que una las partes con flechas. Importa que la arme él, no que copie. Fiorella reseña un estudio claro: dibujar mientras se explica mejora la comprensión más que solo explicar o solo dibujar. Después, que vuelva a explicártela. Seguro que mejora.

Saber esto no basta: hace falta práctica

Conocer el método no significa que tu hijo lo use. Lo más probable es que vuelva a releer y destacar, porque es el hábito que ya tiene. El hábito le gana a la buena intención. Cambiarlo pide práctica guiada y alguien que corrija sobre la marcha.

Eso hago en el Curso de Técnicas de Estudio: trabajo uno a uno con tu hijo y su materia real, hasta que estudiar así se vuelve su forma de estudiar.

Empieza hoy. Cierra el cuaderno y pídele que te explique lo que está estudiando. En cinco minutos vas a saber cuánto aprendió.


Basado en Fiorella, L. (2023), Making Sense of Generative Learning.

Aunque la explicación del profesor sea buena, no basta para aprender

Ves a tu hijo estudiando. Lee. Repasa. Destaca con colores. Llega al día de la prueba sintiendo que está preparado. Y la nota es peor de lo que esperaba.

Es fácil concluir que se esfuerza poco, que el ramo es muy difícil, o que el profesor exige demasiado.

Pero hay otra explicación, y es la más probable: el esfuerzo está mal dirigido. El problema no es cuánto tiempo estudia. Es qué hace durante ese tiempo.

El método más común y por qué casi nunca funciona

Casi todos los estudiantes usan el mismo método: el profesor explica en clase, el estudiante toma apuntes, en casa relee esos apuntes y hace los ejercicios de la guía.

Ese método tiene cuatro problemas. Voy a empezar por el menos obvio.

1. Aunque la explicación del profesor sea de calidad, no basta

Esto es lo más contraintuitivo. Una buena explicación se siente como aprendizaje. El estudiante asiente, entiende lo que el profesor dice, sale de la clase pensando «ya, lo entendí».

Esa sensación es real. Pero engaña.

Dos investigadores alemanes, Jörg Wittwer y Alexander Renkl, revisaron en 2008 la evidencia acumulada sobre las explicaciones en la enseñanza. Su conclusión es sorprendente: las explicaciones del profesor, aunque sean claras y de calidad, muchas veces no producen aprendizaje. Y peor: hacen que el estudiante crea que aprendió más de lo que realmente aprendió.

Lo dicen así:

«Si un estudiante cree por error que entendió, deja de esforzarse en aprender más y en llenar los vacíos que todavía tiene.»

— Wittwer & Renkl, 2008

Entender al profesor no es lo mismo que saber. Es entender al profesor.

Saber es poder hacerlo solo, sin el profesor al lado, días después, en condiciones distintas. Y eso requiere mucho más que escuchar.

2. Muchos estudiantes dicen que no entienden al profesor

Es una escena habitual. Muchos estudiantes dicen que no entendieron la materia en clase. Cuando preguntaron, el profesor repitió la misma explicación. Si la cambió, tampoco la entendieron.

Esto no significa necesariamente que el profesor explique mal. Wittwer y Renkl muestran que para que una explicación funcione, tiene que estar adaptada al nivel real del estudiante específico que la recibe. Esto es difícil en un aula con más de 20 alumnos, y requiere una planificación que muchas veces no tiene lugar.

Si la mejor explicación posible no basta para aprender, una explicación que el estudiante no entendió en clase basta todavía menos. El estudiante llega a su casa con un vacío que la guía y el cuaderno no van a llenar solos.

3. Los apuntes están incompletos

Tu hijo intenta resolver el problema reestudiando sus apuntes. Pero los apuntes tienen un problema de origen: hablamos mucho más rápido de lo que podemos escribir.

Mientras el profesor explica, el estudiante intenta anotar. Inevitablemente se pierde partes. Lo que queda en el cuaderno son fragmentos, no una explicación completa. No es un manual. No es un libro de texto. Son piezas sueltas.

Reestudiar un apunte incompleto tiene un techo muy bajo. No importa cuántas veces lo relea: lo que no quedó escrito no va a aparecer.

4. Las guías son solo ejercicios

Lo único que el estudiante se lleva a casa para trabajar son las guías. Y las guías, en su mayoría, son listas de ejercicios. Sin teoría. Sin método. Sin un plan que le indique cómo estudiar, cuándo repasar, cómo auto-evaluarse.

Es decir: la escuela enseña la materia, pero no enseña a estudiar. Y el método de estudio es lo que separa al estudiante que aprende del que no.

Dónde ocurre el aprendizaje

El aprendizaje no ocurre cuando el profesor explica. Ocurre cuando el estudiante, después de la explicación, hace un trabajo propio sobre la información recibida.

Esto no significa que el profesor sobre. Al contrario. La explicación del profesor es el punto de partida. Sin una buena explicación inicial, el estudiante no tiene de dónde sostenerse. Pero la explicación es solo el inicio del aprendizaje. No es el aprendizaje.

Wittwer y Renkl identifican dos condiciones que tienen que cumplirse para que una explicación efectivamente produzca aprendizaje:

Primero, la explicación tiene que estar adaptada al nivel real del estudiante. Ya vimos que esto no es fácil en el aula.

Segundo, el estudiante tiene que trabajar de forma activa con la explicación recibida. No basta con escucharla ni con releerla. El estudiante tiene que recordar de memoria, generar preguntas, resolver sin mirar, explicarle a alguien más. Wittwer y Renkl lo llaman aprendizaje generativo: el estudiante construye el conocimiento en su cabeza en lugar de recibirlo pasivamente desde afuera.

Si falta cualquiera de las dos condiciones, la explicación se diluye.

Lo que tu hijo necesita

Tu hijo no necesita más explicaciones. Recibe explicaciones todos los días en el colegio o la universidad. Lo que le falta es un método para hacer algo con esas explicaciones después.

Necesita aprender a transformar los apuntes incompletos en material de estudio. Necesita auto-evaluarse antes de la prueba. Necesita espaciar el estudio en lugar de concentrarlo. Necesita una mejor planificación para no malgastar su esfuerzo.

De eso se trata el Curso de Técnicas de Estudio. Trabajamos uno a uno, con la materia real que está cursando, aplicando un marco basado en la investigación: explicación adaptada a su nivel + actividades que lo obliguen a construir el conocimiento por sí mismo.

No es más esfuerzo. Es esfuerzo bien dirigido. Eso es lo que cambia las notas, y lo que termina con la frustración.


Basado en Wittwer, J., & Renkl, A. (2008), Why Instructional Explanations Often Do Not Work: A Framework for Understanding the Effectiveness of Instructional Explanations*, Educational Psychologist, 43(1), 49–64.*

Cuando estudias, ¿cómo sabes si estás listo para una prueba?

En breve: La sensación de «ya me lo sé» no prueba que estés listo: es reconocer, no recordar. La única prueba real es cerrar los apuntes e intentar responder de memoria, en sesiones separadas por días. Si no puedes responder lo importante sin mirar, no estás listo, por mucho que se sienta así.

Tienes una prueba importante en dos semanas. ¿Cómo decides si estás preparado? La mayoría llega con una sola evidencia: la sensación de que «ya lo tiene». Esa sensación engaña.

La sensación de saber no es saber

Imagina que te vas a lanzar en paracaídas. No saltarías solo porque leíste el manual. Querrías una señal contundente de que puedes hacerlo.

Con una prueba del colegio o la universidad bajas la vara sin darte cuenta. Te conformas con sentir que sabes, en vez de comprobar que sabes.

El método del colegio se quiebra cuando el contenido crece

Releer, pasar a limpio, destacar con colores, estudiar la noche anterior. En el colegio basta, porque la prueba está cerca y la materia entra en una guía.

Después el contenido crece y el método se quiebra:

  • PAES. Por primera vez retienes mucho por mucho tiempo. Estudias una unidad y, al llegar a la siguiente, ya olvidaste la anterior.
  • Primer año de universidad. Más materia, menos tiempo. Estudiaste y aun así reprobaste.
  • Último año de medicina. Nada que resumir. Solo memorizar de verdad. Y muchos siguen releyendo, porque nunca aprendieron a estudiar de otra forma.

El sistema escolar premia el rendimiento del momento, no el aprendizaje que dura. Mientras el contenido fue manejable, no se notó. Cuando crece, queda en evidencia.

Por qué las señales engañan

Cuando relees, todo se siente conocido. Reconoces las ideas y sientes que las sabes. Esa familiaridad no es saber: es reconocer. Reconocer es fácil, porque el cuaderno te muestra la respuesta. En la prueba el cuaderno no está.

Nicholas Soderstrom y Robert Bjork, de UCLA, separaron dos cosas que solemos confundir (2015):

  • Rendimiento: lo que puedes hacer ahora, con los apuntes cerca.
  • Aprendizaje: lo que de verdad quedó y vas a recordar mañana, en una semana, en un mes.

No son lo mismo, y a menudo van en sentidos opuestos. Releer y destacar suben el rendimiento del momento, pero dejan poco aprendizaje. Las técnicas que sí dejan aprendizaje se sienten más lentas e incómodas.

«Tu capacidad para juzgar, mientras relees un capítulo, si vas a poder recordar la información en una prueba, es muy limitada. En cambio, intentar responder preguntas sí identifica qué aprendiste y qué no.»

— Bjork & Bjork, 2011

Releer no te dice si sabes. Responder, sin mirar, sí.

Lo que parece que funciona y lo que funciona

Parece que funcionaFunciona
Releer hasta sentir que lo conocesCerrar los apuntes y responder de memoria
Estudiar muchas horas la vísperaRepartir el estudio en días distintos
Pasar a limpio o destacar con coloresHacerte tus propias preguntas
Reconocer el contenido al verloRecordarlo cuando nadie te lo muestra
Sentir que «ya lo tengo»Comprobar que puedes responderlo sin ayuda

La columna izquierda se siente productiva. La derecha funciona.

La prueba contundente: la auto-evaluación

Antes de la prueba real, hazte tu propia prueba. Sin mirar los apuntes. En sesiones separadas por días. Si no puedes responder lo importante, no estás listo, por mucho que se sienta así.

Se siente más difícil porque lo es. Por eso funciona: cada vez que recuerdas algo sin ayuda, fortaleces tu memoria. Bjork lo llama una dificultad que vale la pena (desirable difficulty).

Fallar una pregunta no es mala noticia. Es la prueba que buscabas: te dice exactamente qué te falta. Mejor descubrirlo hoy que el día de la prueba.

Saber qué hacer no garantiza saber hacerlo

Saber que tienes que auto-evaluarte no te dice cómo convertir los PPTs del profesor en preguntas, cuántas sesiones necesitas, ni qué hacer cuando lo importante son problemas y no definiciones.

Eso trabajamos en el Curso de Técnicas de Estudio: con tu material real, hasta que sabes aplicarlas bien.

Empieza hoy. Cierra los apuntes e intenta responder lo último que estudiaste. En cinco minutos vas a saber si lo aprendiste.


Basado en:

El cerebro no viene con manual de usuario

Son las nueve de la noche. Tu hijo lleva dos horas frente al libro abierto. Mira la página. Mira el techo. Mira el celular. Vuelve a la página. Al rato cierra el libro y dice, con cara de derrota: «no entiendo nada».

Antes de pensar que es flojera, detente. Hay una razón profunda detrás de esa escena. Y no tiene que ver con su voluntad.

El cerebro humano no fue diseñado para pensar. Lo afirma Daniel Willingham, profesor de psicología cognitiva en la Universidad de Virginia. Cuando entiendes lo que significa esa frase, casi todo lo que ocurre cuando estudia empieza a tener sentido.

El cerebro evolucionó para sobrevivir, no para razonar

Pregúntate qué hace mejor el cerebro humano. La respuesta no es pensar. Es ver y moverse.

Un computador de cincuenta dólares juega ajedrez mejor que tú y mejor que yo. Sin embargo, ningún robot del mundo camina por una playa de piedras como un niño de cinco años. Ver es más difícil que el ajedrez. Mover el cuerpo es más difícil que el cálculo.

No es casualidad. Durante miles de años, sobrevivir significaba ver al depredador antes de que él te viera. Significaba correr, lanzar, esquivar. No significaba resolver ecuaciones.

Por eso pensar nos cuesta tanto. Pensar es lento. Pensar es agotador. Muchas veces ni siquiera entrega una respuesta clara. El cerebro lo sabe. Y por eso lo evita siempre que puede.

La escuela pide lo opuesto a lo que el cerebro prefiere

Ahora mira lo que se le pide a tu hijo en clase.

Resolver una ecuación. Leer un texto de historia lleno de palabras nuevas. Entender por qué reaccionan dos elementos químicos. Cada una de esas tareas es pensamiento lento, abstracto y exigente. Es decir: justo lo que la evolución le enseñó al cerebro a esquivar.

Y hay un detalle más, que casi nadie nota. El cerebro evolucionó para entender conversaciones, no clases. En una conversación, las ideas se conectan en el momento. En una clase, una idea importante puede conectarse con otra dicha veinte minutos antes. Tu hijo capta los datos sueltos. Pero pierde el hilo que el profesor sí tiene en su cabeza.

No es flojera. No es falta de capacidad. Es diseño.

Y nadie le enseña cómo estudiar

Aquí está el punto que a menudo no se considera.

El colegio da por hecho que tu hijo aprenderá a estudiar por su cuenta. Pero no se lo enseña. No le muestra cómo tomar apuntes. No le enseña a enfrentar un texto difícil. No le entrega un método para preparar una prueba, ni para repartir la carga de una semana.

Como anticipa el título de este post, el cerebro no viene con manual de usuario. Es una frase que Willingham repite en sus libros. Los estudiantes inventan su propia forma de estudiar. Casi siempre eligen las técnicas equivocadas.

La trampa: estudiar bien se siente peor

Imagina que quieres correr más rápido. Tienes dos opciones.

La primera: trotar suave por el parque media hora. Te sientes bien. Sales animado. La segunda: hacer piques cortos y fuertes hasta quedarte sin aire. Te sientes mal. Sales transpirado y con la boca seca.

¿Cuál te hace más rápido? La segunda, sin discusión.

Con el estudio pasa lo mismo. El cerebro empuja a tu hijo a releer el cuaderno y a destacar frases con marcador. Es cómodo. Se siente productivo. Pero es el equivalente al trote suave. Al día siguiente, no recuerda nada.

Las técnicas que de verdad funcionan son incómodas. Cerrar el cuaderno e intentar recordar la materia. Repasar lo mismo en días separados, en vez de meterlo todo la noche antes. Se sienten lentas. Se sienten ineficaces. Y por eso tu hijo, sin querer, las abandona.

La buena noticia

Falta un dato más, y es importante.

A los humanos sí nos gusta pensar. Lo disfrutamos. Pero solo en una condición: que el problema esté bien calibrado y sintamos que avanzamos. Cuando eso ocurre, el cerebro entrega placer. Una pequeña recompensa interna que dice: «valió la pena».

Tu hijo puede vivir eso. Puede llegar a disfrutar del estudio. Puede sentir el gusto de entender algo nuevo. Pero para llegar ahí necesita un método. Alguien tiene que entregarle el manual que el colegio se saltó.

El manual que el colegio nunca entregó

El cerebro humano no evolucionó para la escuela. No lo va a hacer en los próximos siglos. La única forma de cerrar esa brecha es aprender a estudiar.

Si quieres que tu hijo deje de pelear con un cerebro que está jugando otro juego, te invito a conocer el Curso de Técnicas de Estudio. Es el manual que necesita.


Basado en las ideas de Daniel Willingham en Why Don’t Students Like School? (2021) y Outsmart Your Brain (2023).

Reaprendizaje sucesivo: Cómo estudiar para una prueba y que lo aprendido se quede

El problema

Tomás estudia harto. Arma su guía de preguntas y respuestas. La revisa varias veces la semana antes. La noche antes del examen siente que lo tiene controlado.

Al día siguiente, al momento de rendir la prueba, se da cuenta de que no logra recordar tanto como pensaba. La nota que saca es más baja de lo que esperaba.

Tres semanas más tarde, en otro ramo que le pide usar lo aprendido, descubre el otro problema: apenas logra recordar lo que estudió.

No es un tema de esfuerzo: Tomás estudió. Lo que ocurre es que no lo hizo de una manera efectiva. Necesita combinar dos técnicas de estudio: la práctica distribuida (spacing effect) y la auto-evaluación (retrieval practice). Esa combinación tiene nombre desde 1979. Los investigadores la llamaron reaprendizaje sucesivo.

Por qué importa

Las dos técnicas con más evidencia para aprender son distribuir el estudio en múltiples sesiones y auto-evaluarse. Por separado funcionan. Juntas, en el orden correcto, multiplican el resultado.

Auto-evaluarte hasta recordar la respuesta a cada pregunta. Repetir esa práctica en sesiones separadas por días. Eso es todo. No es leer varias veces, destacar, resumir o pasar a limpio los apuntes. Es estudiar correctamente, varias veces.

Las 2 reglas

Regla 1. Practica hasta recordar la respuesta correcta.

Tu sesión no termina cuando se acabó el tiempo, sino cuando recordaste correctamente al menos una vez cada cosa que querías aprender. Si fallas una pregunta, la estudias de nuevo y la pruebas más tarde en la misma sesión, hasta que te salga. Así es como se hace.

Regla 2. Repite en varios días.

Una sola sesión no basta, por buena que sea. Tienes que volver al mismo material dos o tres veces más, en sesiones separadas por días. En cada sesión, vuelves a aplicar la regla 1.

Una técnica sin la otra es la mitad del método. Auto-evaluarte una sola vez no te deja preparado para la prueba. Distribuir el estudio sin auto-evaluarte es releer varias veces.

Cómo aplicarlo

Tienes una prueba en dos semanas sobre varios PPTs de biología que el profesor compartió.

Día 1. Revisa todas las diapositivas. Transforma el contenido en un mazo de preguntas tipo flashcard, una por cada idea importante.

Día 2. Sesión 1. Saca la primera tarjeta del mazo y trata de responderla sin mirar. Compara con el reverso: si acertaste, la apartas; si no, practicas la respuesta hasta memorizarla y la tarjeta vuelve al final del mazo. Avanzas a la siguiente. Sigues hasta vaciar el mazo. Esta sesión va a tomarte más rato del que crees. Es normal cuando recién partes.

Día 5. Sesión 2. Mismo mazo, mismo procedimiento. Ya no es lo mismo. Muchas tarjetas las acertarás al primer intento y saldrán rápido. Las que falles vuelven al final del mazo hasta dominarlas. Esta sesión va a durar bastante menos que la anterior.

Día 9. Sesión 3. El mazo se siente más fácil. La mayoría se recuerda sin esfuerzo. La sesión es breve.

Día 13. Repaso final. Casi todo viene solo.

Cada sesión es más rápida que la anterior. Esa aceleración es la señal de que el método está funcionando. Si la sesión 3 te toma casi lo mismo que la 1, alguna de estas dos cosas está pasando: pasaron demasiados días entre sesiones, o la regla 1 no se está aplicando bien.

Lo que muestra la evidencia

La técnica acumula más de 40 años de investigación. Dos resultados muestran lo central.

En un experimento con universitarios, los que no usaron reaprendizaje sucesivo recordaron el 20% del contenido una semana después. Con una sola sesión adicional, el 53%. Con dos, el 71%. Con tres, el 80%.

Column chart. Data table with 5 rows and 2 columns follows.

Retención una semana después
0 20
1 53
2 71
3 80
Adaptado de Rawson, Vaughn, Walsh & Dunlosky (2018).

En otro estudio dentro de una clase real de psicología, los estudiantes que aplicaron la técnica sacaron 84% en el examen. Los que estudiaron como siempre, 72%. La diferencia en la nota es solo el primer beneficio. Tres días después de la prueba, el primer grupo recordaba el 80% del contenido. El segundo, apenas el 27%. Veinticuatro días después, el primer grupo todavía retenía el 64%. El segundo, el 17%. Casi cuatro veces menos.

Column chart. Data table with 4 rows and 3 columns follows.

Con reaprendizaje sucesivo Estudio habitual
Examen 84 72
A los 3 días 80 27
A los 24 días 64 17
Adaptado de Rawson, Dunlosky & Sciartelli (2013).

El efecto se ha replicado en otros experimentos: con vocabulario de idiomas extranjeros, con conceptos de biopsicología, con material de estadística, con contenido de cursos universitarios reales. Funciona con cualquier tipo de material conceptual.

Lo más sorprendente: distribuir le gana a intensificar

Aquí viene el dato que choca con la intuición: sobreestudiar en la primera sesión no sirve de mucho.

Suena ilógico. Si vas a estudiar varias veces, lo lógico parece dedicarle todo a la primera. Resulta que no.

Un experimento comparó dos grupos. Uno hizo una sola sesión hasta recordar cada concepto correctamente tres veces. El otro hizo tres sesiones espaciadas, recordando cada concepto una sola vez por sesión.

Una semana después, el primer grupo recordaba el 26% del contenido. El segundo, el 68%. Casi el triple.

Column chart. Data table with 3 rows and 2 columns follows.

Retención una semana después
1 sesión intensa 26
3 sesiones espaciadas 68
Adaptado de Rawson, Vaughn, Walsh & Dunlosky (2018).

Los investigadores le pusieron nombre: efecto de sobrescritura. El reaprendizaje espaciado posterior compensa lo que no alcanzaste a dominar la primera vez. Si piensas volver al material, no necesitas dominarlo perfecto desde el inicio.

Lo que esto significa en la práctica: cuando empieces tu primera sesión, no te quedes hasta memorizar todo a fondo. Apenas hayas recordado correctamente cada cosa al menos una vez, para. Vuelve en un par de días y le das otra pasada al material. Distribuir el tiempo de estudio es clave.

Cuándo brilla y cuándo no

El reaprendizaje sucesivo brilla en contenido conceptual: definiciones, fechas, fórmulas, vocabulario, secuencias de procesos, nombres de estructuras anatómicas. En cualquier ramo donde tengas que recordar muchos elementos sueltos, rinde más que cualquier otra técnica que se haya medido.

Funciona menos en matemáticas. Ahí lo ideal es estudiar muchos ejemplos resueltos y aplicarlos a problemas nuevos. La técnica sigue sirviendo para memorizar fórmulas y definiciones del ramo, pero no reemplaza practicar problemas.

Para recordar: El reaprendizaje sucesivo no es estudiar más veces. Es estudiar correctamente, varias veces.

Referencias

Dunlosky, J., Wissman, K. T., Greve, M., Rawson, K. A., & Badali, S. (2023). Successive relearning: An introduction and guide for educators. En C. E. Overson, C. M. Hakala, L. L. Kordonowy & V. A. Benassi (Eds.), In their own words: What scholars and teachers want you to know about why and how to apply the science of learning in your academic setting (pp. 83–93). Society for the Teaching of Psychology, Division 2, American Psychological Association.

Gurung, R. A. R., & Dunlosky, J. (2023). Study like a champ: The psychology-based guide to «grade A» study habits. American Psychological Association.

Rawson, K. A., & Dunlosky, J. (2022). Successive relearning: An underexplored but potent technique for obtaining and maintaining knowledge. Current Directions in Psychological Science, 31(4), 362–368. https://doi.org/10.1177/09637214221100484

Rawson, K. A., Dunlosky, J., & Sciartelli, S. M. (2013). The power of successive relearning: Improving performance on course exams and long-term retention. Educational Psychology Review, 25(4), 523–548. https://doi.org/10.1007/s10648-013-9240-4

Conoce cómo funciona tu mente y sube las notas

Adquirir y automatizar conocimientos potencian nuestra capacidad para aprender

¿Alguna vez te has preguntado cómo funciona nuestra mente? ¿Qué sucede en nuestro cerebro cuando pensamos, resolvemos problemas o aprendemos algo nuevo?

En esta entrada, te presentaré un modelo simple que nos ofrece un punto de partida para comprender estos procesos mentales.

El gran beneficio de conocer el funcionamiento de este modelo es que muestra dónde poner el foco para potenciar el rendimiento académico.

Los tres componentes del modelo de la mente

La mente opera a través de tres componentes fundamentales que interactúan entre sí: el entorno, la memoria de trabajo y la memoria a largo plazo.

  • Nuestro entorno. Es la fuente de información sensorial sobre el espacio que nos rodea. Tomamos consciencia del mundo gracias a esta información que fluye a nuestra memoria de trabajo.
  • La memoria de trabajo. Es donde reside la conciencia y tiene lugar el pensamiento. Su capacidad es limitada, y éste es un factor clave al que haremos referencia repetidamente.
  • Memoria a largo plazo. Almacena todo nuestro conocimiento factual (datos y conceptos: Chile está en Sudamérica, la multiplicación es una suma repetida, etc.) y procedimental (procesos mentales para realizar una tarea: Atarse los zapatos, escribir, etc.). Este conocimiento permanece fuera de nuestra consciencia hasta ser necesario, momento en que se transfiere a la memoria de trabajo. Su capacidad es prácticamente ilimitada.

El arte de pensar

Pensar requiere combinar información proveniente tanto del entorno como de la memoria a largo plazo de forma novedosa.

Este proceso se lleva a cabo en la memoria de trabajo, y debido a su capacidad limitada, pensar se hace más complicado a medida que ésta se satura.

Resolviendo problemas: El rompecabezas mental

Al resolver un problema, necesitamos tres ingredientes esenciales: información del ambiente (lo que estás leyendo ahora), conocimiento almacenado en la memoria a largo plazo (el significado de las palabras) y espacio disponible en la memoria de trabajo (donde procesamos y combinamos la información).

Si falta alguno de estos, como piezas en un puzzle, el problema se torna indescifrable.

El poder del conocimiento previo

El conocimiento previo es crucial en nuestra capacidad para procesar información nueva y aprender. Facilita el proceso denominado «chunking», el cual consiste en agrupar múltiples elementos de información en un solo, liberando así espacio en la memoria de trabajo.

Para ilustrarlo, intenta recordar estas doce letras: NVT HVC 31C NNC.

Ahora, observa el mismo conjunto de letras reorganizadas en acrónimos de cadenas de televisión: TVN CHV C13 CNN

Probablemente te resulte más sencillo recordar la segunda . Este es un claro ejemplo de «chunking» en acción.

La práctica perfecciona la mente

La práctica ejerce una influencia significativa en nuestra capacidad para procesar información y aprender. Mediante la repetición, convertimos ciertos procesos mentales en automáticos, lo cual nos permite liberar espacio crucial en la memoria de trabajo para realizar tareas más complejas.

La sabiduría de los expertos

Los expertos son maestros en el arte de pensar y resolver problemas en gran medida porque han automatizado buena parte de su conocimiento y procedimientos a través de la práctica deliberada. Esto reduce las demandas sobre su memoria de trabajo.

La ventaja de los expertos no radica únicamente en la cantidad de conocimiento que poseen, sino en la calidad: es más abstracto y está mejor estructurado. Por eso, han desarrollado una capacidad intuitiva para analizar problemas complejos y encontrar soluciones con aparente facilidad.

La clave: La adquisición de conocimientos y el fortalecimiento de la memoria

En resumen, el partido del éxito académico se juega en la memoria de trabajo pero se gana en la memoria de largo plazo.

Al transferir conocimiento previo que ha sido automatizado de la memoria de largo plazo a la memoria de trabajo, liberamos “ancho de banda mental” que nos permite realizar tareas más complejas.

El objetivo principal de un estudiante debería ser adquirir conocimientos y fortalecer su memoria, pues esto es lo que determinará su capacidad de aprendizaje futuro. Esa es la clave.


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Recomendaciones bibliográficas

Fiorella, L., & Mayer, R. E. (2020). Learning as a generative activity: Eight Learning Strategies that Promote Understanding. Cambridge University Press.

Martín, H. R. (2020). ¿Cómo aprendemos?: una aproximación científica. Editorial Grao.

Willingham, D. T. (2021). Why don’t students like school?: A Cognitive Scientist Answers Questions About How the Mind Works and What It Means for the Classroom. John Wiley & Sons.